Entre las prácticas bastante raras pero quizá eficaces está la de «Dos mañanas en un día». No busques sentidos ocultos ni figurados: tómala al pie de la letra. La idea es simple. Te levantas muy temprano. Esa es tu primera mañana. Haces lo que quieras: leer, bordar, dibujar, correr. Con un café, al sol, con música — lo que prefieras. Luego vuelves a dormir. Tras unas horas llega tu segunda mañana, que dedicas a la familia, al trabajo y a lo demás que suele hacer la gente.
Se atribuye al escritor Nicholson Baker, que sí usa dos mañanas en lugar de una. Lo eficaz que sea, que cada uno juzgue. Dudo que le venga bien a todo el mundo. Con esos madrugones puede que sigas necesitando una siesta de día o por la tarde para no caerte a las 18–19 h. Yo no uso esta práctica, aunque alguna vez — más por casualidad — me ha tocado madrugar, hacer algo y volver a dormir para despertar otra vez al rato. En conjunto no diría que me gustara mucho, pero tampoco me resultó desagradable.