Siguiendo con el tema de los prejuicios, conviene mencionar aparte la «experiencia vital» de las generaciones mayores, que ya tocamos en el capítulo anterior. Recordamos que, desde el punto de vista del intervalo de tiempo vivido por nuestros padres y por nuestros abuelos, han vivido muy poco y han tratado con una cantidad extremadamente pequeña de personas. Por eso no hay que tomarse en serio la frase de las generaciones adultas: «Antes se estaba mejor» o «Antes era de otra manera». Esta frase solo puede referirse a un lapso de tiempo muy pequeño (el 0,00000058 % del tiempo de existencia del Universo).
Como confirmación o refutación de esta hipótesis, intentemos razonar y valorar los «pros» y los «contras» más extendidos de la experiencia vital de las generaciones mayores.
Empecemos, quizá, por las cosas y los consejos realmente útiles. Las generaciones mayores pueden de verdad aportar una sabiduría considerable. La sabiduría de que no haya guerra, o de que nos abriguemos al salir de casa: son observaciones y deseos del todo importantes. En el primer caso, lo más probable es que no esté en tu mano influir en nada; en el segundo, sí merece la pena escuchar y abrigarse de verdad. Porque, como dice mi madre: «Mejor sudar tres veces que pasar frío una». En conjunto, tanto los padres como los abuelos siempre nos desean lo mejor, pero es importante cribar y filtrar con atención sus consejos y recomendaciones.
Recorramos ahora los criterios que indican por qué no siempre merece la pena escuchar la opinión de las generaciones mayores:
1) Siempre quieren poner paja debajo de sus hijos y disuaden tajantemente de absolutamente cualquier acontecimiento que tenga una probabilidad aunque solo sea un poco superior a una centésima de un uno por ciento. Un viaje a otro país es, para ellos, un acontecimiento que conviene evitar por completo. ¿Qué se te ha perdido allí? Y si en ese país alguna vez hubo tsunamis, entraron en erupción volcanes o hay animales e insectos peligrosos, las noches en vela a base de valeriana están aseguradas para los padres. Esto se explica porque se preocupan por nosotros e intentan reducir a cero todos los riesgos posibles. Y, al mismo tiempo, de ese modo matan nuestras perspectivas, sin darnos la posibilidad de probar algo nuevo y de aprender algo nuevo.
2) Y además son personas un poco mal preparadas para la vida adulta. Son personas que pasaron guerras o nacieron justo después de ellas, en los tiempos de más hambre. Por supuesto, el mundo que las rodeaba y sus convicciones se construyeron en torno al hambre, el miedo, la muerte y la pobreza. Por eso se forman en ellas estereotipos y distorsiones de la realidad respecto a intervalos de tiempo más largos o respecto a otros lugares de la Tierra donde las cosas van mejor (o quizá peor). Sin embargo, las generaciones más adultas tienen también problemas serios de los que a menudo no se dan cuenta:
a) Ausencia de una educación actual, o de educación en general. En uno de los capítulos ya escribí lo importante que es seguir aprendiendo a lo largo de toda la vida. Por desgracia, no todos los adultos comprenden esta necesidad. Quizá porque en su tiempo no había tiempo para ello, o simplemente no sabían que esto es importante.
b) Ausencia de educación financiera. En la escuela estudiamos las materias y ciencias más diversas, de la literatura a la química. Después de la escuela, además de las disciplinas de nuestra especialidad, estudiamos filosofía, sociología, política, economía y otras materias. Pero en ninguna parte nos enseñan a contar el dinero, a disponer de él, a guardarlo e invertirlo, a llevar el presupuesto familiar o qué es un colchón financiero de seguridad. Quizá en algunos países la situación sea otra, pero no me ha ocurrido encontrar países en los que al menos una generación haya hecho un curso de educación financiera.
c) Ausencia de educación médica. Y aquí no me refiero solo a los conocimientos que a nuestros abuelos les resultó de verdad difícil obtener, sino también a la ausencia de deseo de ocuparse de la propia salud y de ir al médico. La mayoría de las veces, cuando enferman, las personas van a la farmacia y compran algo que quizá no ayude. Conviene mencionar en especial las revisiones programadas. Menos mal que en algunos países el Estado se ocupó de la gente y, al ser contratadas, están obligadas a pasar un reconocimiento médico, igual que al renovar los contratos. Lo malo es solo que en muchos ambulatorios esto se hace simplemente para cubrir el expediente. Muchas personas creen en teorías conspirativas según las cuales los pies están unidos a todos los órganos y se puede, por ellos, diagnosticar y curar enfermedades. El estudio de los puntos de los órganos en los pies se llama reflexología podal, pero las investigaciones científicas no confirman su eficacia. Me imagino a dos cirujanos operando la pierna de una persona, y uno dice: «Sujeta estos vasos, que unen el pie con el estómago y el hígado. Ah, y sujeta también la conexión con el bazo, porque si la corto, el pie perderá el vínculo con el órgano». Tenemos que vérnoslas con personas que no han leído libros de medicina, tienen una idea escasa de la medicina moderna, se revisan de mala gana, no previenen las enfermedades y las tratan cuando ya es demasiado tarde.
Con estos puntos no pretendía ofender a las generaciones más adultas ni burlarme de ellas de algún modo. Existe un montón de razones por las que las personas se quedaron con una educación desactualizada, sin educación financiera y sin interés por la medicina. Al mismo tiempo, a propósito no incluí en esta lista otro gran tema: la educación de los hijos, en la que, por ejemplo, muchos padres inculcaron a los niños una mentalidad de lo dado, y no de crecimiento. Sin embargo, en comparación con las generaciones adultas, los jóvenes en principio no tienen experiencia de educar y tienen poca disposición a tener hijos. Así que todavía no está del todo claro cómo educarán a sus hijos nuestras generaciones.
Volviendo a los puntos mencionados arriba, creo que he conseguido transmitirte el sentido de que la opinión de las generaciones mayores merece respeto, pero no siempre merece la pena cumplirla o escucharla. Sus consejos y deseos, aunque sinceros, se basan en su experiencia personal y en sus convicciones, que en nuestro tiempo pueden estar ya del todo desactualizados.