En este capítulo hablemos de una parte ineludible de la vida de cualquiera: la rutina. Todos saben qué es, pero cada uno se relaciona con ella de forma distinta. Yo distinguiría dos bandos: los que no la soportan y los que la aceptan como algo dado y creen que no puede eliminarse. No porque sea físicamente imposible, sino porque la rutina juega un papel importante en su vida. El primer grupo suele ser millennials que quieren vivir con intensidad aquí y ahora, sin pensar en el mañana. Los segundos son gente práctica que planifica. Claro que hay matices intermedios, pero en este contexto importa menos.
Antes de escribir este capítulo pensé en hablar del llamado «secreto del éxito en productividad» que persiguen millones. Mi primera idea fue que no hay secreto y que el éxito es resultado de muchos factores, desde la suerte hasta el trabajo duro sobre uno mismo durante mucho tiempo. Pero la siguiente idea, que completaba la anterior, tenía que ver con la rutina. ¿Qué es el trabajo duro sobre uno mismo si no rutina?
No dije por decir que no puede uno deshacerse de la rutina. No porque sea físicamente imposible evitar tareas rutinarias, sino porque la rutina es crucial para el desarrollo de la persona y para alcanzar sus metas. La gente que triunfa es sobre todo la que ha logrado someter la rutina. Los deportistas famosos van a entrenar día tras día sin sacar gran placer. Los directivos, brokers, médicos y otros profesionales de éxito van a trabajar cada día, a menudo sin muchas ganas. A los programadores les gusta arrancar proyectos nuevos pero no mantenerlos, darles soporte o corregir bugs. Aun así aceptan esa rutina y hacen su trabajo a diario. Por cierto, en parte por eso entre los programadores predominan los hombres. No porque las mujeres sean menos capaces, sino porque los hombres son más capaces de quedarse sentados. Toda esta gente acepta la rutina por una razón simple: dependen del dinero. A cambio de la rutina cobran, y algunos, como los deportistas, también fama. En cualquier caso hay siempre una motivación clara, y ante todo el dinero. Además de motivación hay miedo, por ejemplo a perder el trabajo y dejar a la familia sin sustento. En resumen la gente aguanta la rutina laboral, unos con facilidad, otros con depresión y dolores de cabeza.
Pero hacer tu trabajo no suele bastar para triunfar en la vida personal, salvo quizá para deportistas y algunas otras profesiones. Es crucial dejar entrar la rutina también en la vida personal. Más aún: no solo dejarla entrar sino aprender a quererla. Para eso puedes usar cualquiera de los métodos que he propuesto: «contrato público», «visualización», «elógiate a ti mismo». Puede que encuentres otros, pero lo esencial es querer la rutina en tu vida personal.
Nuestras metas suelen ser a largo plazo. Si una meta es corta por naturaleza, ya no es del todo una meta: puedes hacerla ya y se acabó. Pero en la vida real es distinto. Las metas son un juego largo que siempre se divide en muchas submetas pequeñas. Las submetas a su vez pueden dividirse en tareas aún más pequeñas (de eso hablaremos en el segundo libro). Creo que ya ves adónde voy: casi cualquier meta a largo plazo se compone de muchas tareas rutinarias, a menudo repetitivas. Esa es la realidad y no hay vuelta de hoja. Unos dominan la rutina y cumplen sus metas; otros no aceptan la rutina y en consecuencia no logran nada.
Mi vida está hecha por entero de rutina. En el trabajo hay mucha. Y aunque tengo un cargo directivo, no me libro de la rutina ni de las tareas repetitivas. Pero hay aún más rutina en mi vida personal y en alcanzar mis metas personales. Porque a diferencia del trabajo, aquí no puedo delegar la rutina en nadie. En el segundo libro (el práctico) verás con mis ejemplos que mi vida personal también está hecha por entero de rutina.