La película está basada en un libro de Stephen King, pero no es terror ni una película de miedo. Es un buen cine sobre el sentido de la vida, que te hace reflexionar sobre cosas globales: el tiempo, el lugar del ser humano en el Universo y su aparente insignificancia comparada con sus dimensiones. Por eso, a lo largo de la película surge de vez en cuando una atmósfera de desolación y la sensación de que algunas cosas simplemente no se pueden cambiar.
La parte central de la película está llena de diálogos, por lo que puede resultar un poco aburrida, sobre todo teniendo en cuenta su considerable duración.
Aquí se usa un recurso bastante ingenioso: ya en la primera parte se le da a entender al espectador que el final será triste. Gracias a esto, la segunda y la tercera parte logran que uno empatice aún más con el protagonista. La película también tiene varias alegorías interesantes. Por ejemplo, la idea de que la muerte de una persona equivale a la muerte de todo un universo. Y esto es bastante comprensible. En primer lugar, para alguien, la pérdida de un ser querido realmente se siente como el fin de su propio mundo. En segundo lugar, si trazamos un paralelismo entre el cerebro humano y el Universo, las neuronas y sus conexiones recuerdan un poco a las estrellas que nacen, brillan y mueren, igual que con el tiempo muere el propio cerebro humano. La alegoría del desván cerrado parece insinuar que a veces es mejor no saber el futuro, sino vivir tranquilo y disfrutar del presente. King tampoco dejó de lado las matemáticas, una de las ciencias más importantes, con la que se pueden describir tanto las leyes del Universo como los procesos cotidianos más comunes.
Aunque esta película no me produjo esa sensación de «guau», aun así me gustó. Aborda temas globales como el tiempo, el sentido de la vida y la muerte, y después de verla deja ese regusto que hace que quieras seguir pensando en lo visto durante mucho tiempo y comentarlo con los demás.